Éste ultimo día de nuestro viaje a Maruecos, James y yo solo queríamos ir a buscar el cargador que habiamos olvidado en el Hostal en Rabat.
Paramos un taxi destartalado y controlamos otra vez el reloj redondo en la entrada de la estación de tren. 11.47, nos quedaba una hora.
Entonces subimos al vehiculo cuya pintura roja era cuarteada. Le dijé al taxista la dirección del Hotel.
“Oui Oui” me respondió y aceleró de golpe. Apurada agarré la manija, pensando con nostalgia en la oblicación del cinturón en Alemania que acá, ya por falta de recursos obviamente no existía.
Abdullah se llamaba el taxista. Sus hombros encogidos y su cabello ralo le daban una apariencia maníaca. Con la mirada rigida tenía el volante agarrado como si abrazara un salvavidas. Después de unos minutos nos dimos cuenta de que el taxista no iba al Hotel
“Monsieur“. Me quejé: “vamos a la dirrecíon incorrecta”
“Oui, Oui madmoiselle” respondió sonriendo y siguió conduciendo indiferente. Gesticulando alterados consegimos hacerle frenar para que pudieramos pedir ayuda. Un abuelito con gorra musulman tradució para nosotros del francés al arabe y finalmente Abdullah respondió con un poco más convicción su “Oui, oui”.
James y yo intercambiamos miradas dudosas pero por suerte llegamos al hotel sin más incidentes.
Cuando regresé de la recepción interumpí una conversación animada. Bueno, si se puede considerar lo que estaba pasando como una conversación. Abdullah habló sin cesar en árabe con James, parecía tener la esperanza de que, de seguir por suficiente tempo, James terminaría entendiéndole.
Entoncés, después de unos intentos fallidos anduvo el motor. Eso fue celebrada por Abdullah con un grito de alegría y con un arranque parecido a los de la fórmula 1.
James y yo nos mirabamos aterrorizados, no había duda de que nos encontrábabmos en el coche de un loco.
Inquietada descubrí que el taxi además no tenía espejos de costado y que Abdullah sin preocuparse por eso condujo apurado por las curvas poco claras y las calles estrechas.
A plena marcha otra vez en la dirección errada, emepezó a hablar de su « madame » y buscó una foto de ella en el bolsillo de su chaqueta gastada. Mientras tanto conducía alegre con una sola mano, cambiando continuamente de vía a vía en la carretera grande.
Deseperadamente tratamos de explicarle a donde queriamos ir pero sin exito.
“Le gare, le gare, estación, station Baaaaahnhof!!!”
“A Oui” contestó y señaló con su índice torcido que esperásemos. Entonces saco del parasol manchado una foto de un bebe. Indicó con ojos brillantes, llenos de orgullo paternal primero a sí y después al nino.
“Tienes un hijo hermoso” le afirmamos con una falsa sonrisa antes de que continuásemos con nuestras explicaciónes. Nos sentíamos como en una mala comedia porque solo cuando James imitó a una locomotiva “chucuchuuu chu chuuu” y cuando yo dibujé con mis manos un tren en el aire teminó el viaje en el lugar correcto. EL reloj redondo mostró las 12.35. Quedaban 5 minutos hasta la partida del tren.
