Slow is good (Tanzania/Malawi)

El vendedor de tickets en la abarrotada y agitada estación en Dar-Es-Salam nos prometió un bus lujoso y rápido.

-20 horas va a durar el viaje – nos dijó mientras expedió de forma manuscrita los billetes para la mañana siguente.

Con una expresión satisfecha en su rostro opinó : -Ustedes eligieron la mejor companía para este viaje- y señaló hacia un cartel brillante que mostraba la imagen del bus que nos iba a llevar de Tansania hasta Lilongwe, Malawi.

Al otro día nos soprendimos de que las descripciones del señor de la oficina realmente parecían ser correctas. Asientos cómodos y numerados en lugar de bancos de madera duros, en los cuales habíamos viajado la mayor parte de nuestro viaje y que hacían terribles las carreteras agujereadas.

El comfort inesperado nos daba una sensación de seguridad que no habíamos experimentado desde nuestra salida en Johannesburgo.

Primera avería

El zumbido monótono del bus nos acunaba rápidamente a la hora temprana de nuestra salida. Sólo al medíodia nos despertó la falta de aire y un calor insoportable.

Seguimos los otros pasajeros afuera para mover un poco las piernas. Nos juntamos con Jeff, un estudiante canadiense y con Steve, un trabajdor de las Naciones Unidas que habíamos conocido en la mañana.

Steve señaló hacia un grupo pequeño de hombres que se habían reunido alrededor de uno de los neumáticos traseros del bus y nos explicó que no habíamos parado para hacer una pausa sino porque se rompió un amortiguador.

- ¿Cuanto tiempo durara esto? ¡Otra vez lo mismo!- se quejó gimendo y miró su reloj cromado -La frontera cierre a las 6 de la noche-.

El conductor, el mecánico y un par de personas curiosas se habían agrupado y ahora estaban discutiendo con gestos fuertes sobre como solucionar el problema de la mejor manera posible. Al principio, observábamos lo sucedido con diversión, pero cuando realmente empezaron con la reparación se nos pasaron rápidamente las ganas de bromear. Un niño, que aparentemente había sido mandado para buscar repuestos, regresó con unas cuerdas quebradizadas. El mecánico, con mucha habilidad las trenzó velozmente, formando una más gruesa. Ansioso de improvisar solucionó el problema maravillosamente, disfrutando del aplauso de un rugoso viejecito con barba blanca de chivo que lo felicitó por su creatividad.

Lancé una mirada dudosa a los otros viajeros, pero en sus caras no se podía ver ningún signo de preocupación.

- ¡Bueno, vamos! – intenté motivarme.

Ignorando mi mal presentimento, subí al bus que mientras tanto se había calentado a la misma temperatura que un horno.

Conversación con Steve

Sin ánimo permanecí recostada en mi asiento y para pasar el tiempo empecé a conversar con Steve. Pero los hechos shokeantes de su pais nativo con los cuales me confrontó me sacaron rápidamente de mi apatía.

Le pregunté sobre las observaciones que hice en las últimas semanas. Varias veces me habían llamado la atención unas mujeres que tenían caras manchadas, de una claridad poco natural. Los hinchazones deformes me hizieron suponer que sufrieron una de las innumerables enfermedades que azotan el continente.

Steve negó con una expresión sombría. -No viene de una enfermedad- me explicó. -En algunas tribus las mujeres con piel clara tienen mejores posibilidades de encontrar un marido. Se tratan las caras con una pasta corrosiva de hierbas…

¿Eso te asusta ? Entonces piensa en los ritos de circuncisión, el rechazo de consejos médicos, las peleas de las tribus, la explotación desmesurada de los pastos

- Piensa en la poligamía, las bodas forzadas y la expulsión de pueblos enteros-

Ningún tema quedo sin tocar. Mi cabezá estaba a punto de explotar. Los pedazos de infomación que me tiró Steve no se dejaron unir en una imagen homogénea. Eran como títulos sensacionalistas que ya habían cansado a los Europeos por su cotidianeidad.

Incrédula escuché las palabras del joven, del hombre serio. Más y más me introdujo en los abismos de Africa. La lucha de las organisaciones contra los molinos de viento.

Una impresión, había crecido en mí en las ultimas semanas con un cierto orgullo: yo, como uno de los pocos Europeos, tenía una vista verdadera de la vida cotidiana africana, de repente me parecía ridícula y exagerada. Entendí que una vida entera no bastaría para comprender la complejidad de las numerosas tradiciones e historias. Entendí que mis experiencias a través de los anteojos del mundo “civilizado” nunca podrían ser más que un rasguño en la superficie de esta tierra tan exótica, tan fascinante como repugnante. África, la cuna de la humanidad. Madre querida, madre odiada.

Salomón

Poco antes de llegar a la frontera subieron más pasajeros. Entre ellos un cumpañero vestido multicolor. Él reconoció inmediatamente las rastas de James y se unió a nosotros.

“Ja man…how is it?”

Con su codo se apoyó en el espaldar de nuetro asiento y miró a través de la ventana hacia afuera. Los últimos rayos del sol lanzaron su esplendor, cubriendo nuestro entorno, hundiendo la estepa con un color rojo y cálido.

-Beautiful, Beautiful- comentó con una mirada ensoñada antes de darse vuelta para hablarnos. -Hey sister, hey brother, what’s your names? I’m Salomon. Nice dreds man- dijó admirando el pelo de James, tocando a la vez su propia gorra de colores rastafari con una expresión nostálgica. Esta quedó asombrosamente plana en su cabeza.-Los mios se me cortaron en el cárcel- lamentó. -Y eso solo por un par de plantas inofensivas. No se tienen que asombrar entonces frente a las discordias entre la gente. ¡Qué loco el mundo! ¿no ? -opinó con un tono ausente en la voz sin esperar una reacción nuestra. -But Bro’ Sis’, en cuanto hay gente como ustedes nada está perdido. Siento la energia, ustedes son gente buena. -Con ojos vidriosos declaró el mundo por maravilloso a pesar de toda la pobreza a su alrededor. -Mira la sonrisa de los niños. Mientras que los ninos africanos siguan sonriendo hay esperanza en el mundo- terminó.

Un rato después de la puesta del sol llegamos a la frontera.

-Naah, hoy no podemos continuar el viaje- nos informó el conductor que parecía molesto. -Pueden dormir en el bus o se tienen que buscar un Hotel.

Miraba el conjunto de casuchas en la luz tenue de los faroles pero no encontré nada que se pareciera a un alberge.

No obstante, Steve, Jeff, James y yo fuimos a preguntar a la gente de la comunidad por una habitación. Nos señalaron hacia una casa construida de barro al fin de un camino de tierra.

La señora gorda de la recepción nos llevó a nuestra habitación a través de un patio, en el cual un grupo de hombres se había reunido enfrente de un televisor pequeño con una imagen lluviosa. Con desgano abrió la puerta.

Cuando le pregunté donde me podría lavar me dijo:

-Ahí en el lavabo, las duchas lamentablemente no funcionan.

Antés de irse nos apuntó el lujo de los mosquiteros que su hotel generosamente brindaba.

Alemania vs Italia

-¡Cierto ! Hoy están las semifinales de la Copa del mundo. Alemania contra Italia.

Entonces nos unimos con los otros espectadores en el patio. Con mi llegada la mayoría de ellos tomó posición por Alemania.

Nos acurrucamos entre los habitantes de la aldea y nos pusimos a tono con cerveza y canto para el inminente partido. Con la pitada inicial empezó el griterío entusiasmado.

En el medio de este festejo, me quedé quieta por un instante pensando en mi país natal que en este momento debería estar totalmente fuera de control. Banderas negras, rojas y amarillas. Todo, me imaginaba que todo estaría dominado por estos colores. Vestidos, maquillaje, uñas y pelantales negros, rojos y amarillos.

Pantallas enormes con miles de personas gritando y festejando. Mis amigos, mi familia y hasta mi abuela que no puede diferenciar una pelota de fútbol de un globo, deberían estar ahora enfrente de algún televisor, animando a nuestro equipo.

Un joven me dió un codazo en la costilla y me sacó de mis pensamientos.

-Go Germany Go !!!-

Durante 90 minutos el grupo alborotado apoyó a los alemanes. Pero en el tiempo suplementario, entre el primer y el segundo gol de Italia, la mayoría de ellos desertó al campo opositor. No querían estar privados de la razón para festejar. Por la derrota me dejaron sufrir sola. Me retiré a la pequeña habitación enrarecida y me enrollé decepcionada abajo del mosquitero. El aire bochornoso y el bullicio de la fiesta no me dejaron dormir hasta altas horas de la madrugada. Incesante dí vueltas de un costado al otro hasta que finalmente me encontré con un sueño alterado.

Camino a través de la « tierra de nadie »

La mañana siguiente, Steve nos despertó golpeando fuerte contra nuestra primitiva puerta.

-¡El bus ya se fue! Apurense para que lo alcanzemos al otro lado de la frontera!- nos gritó a través de una fisura entre las tablas.

De prisa empacamos nuestros pocos efectos personales y sacudimos el polvo de nuestra ropa del día anterior para seguir a Steve y a Jeff.

A pie abandonamos Tansania y nos hallamos durante un rato en el límite de la frontera antes de ver la casa de aduana de Malawi .

La carretera que nos llevó allí desde Tansania estaba bordeada de casitas humildes de barro y piedra. En estas habitaba gente cuyo hogar fue declarado « tierra de nadie » por acuerdos de frontera arbitraríos de algunos oficiales incapaces.

Mujeres con vestidos coloridos lavaron ropa en un flujo de agua turbia o trabajaban en unas huertas modestas. Mientras tanto los hombres trataron de hacer negocios con los paseantes. Traficaron con todo y el dínero estaba lejos de ser la divisa más valorada.

Gallinas por semillas, un burro por un radio portable y un par de zapatos usados por una camiseta gastada.

Como no teníamos ni efectivo ni otras posesiones, tuvimos que romper las esperanzas de los chicos trabajadores. Hasta un reloj Rolex nos habían prometido.

Llegando al otro lado de la frontera nos aliviamos. El bus todavía estaba con los bagajes distribuidos alrededor suyo para ser inspeccionados por los oficiales.

En el edificio de aduana, enrarecido, llenamos con una cierta rutina los formularios de inmigración e hicimos fila para el estampillado.

El oficial subió la mirada sin ganas cuando me acercé a la ventanilla y me preguntó automatizado a través de una abertura:

- ¡Muestreme bastante recursos financieros, tarjetas de crédito, efectivo. Todo lo que usted lleve consigo!-

Acudí a mi bolsillo y de repente me ateroricé. Mis tarjetas no estaban más. Agitada empecé a buscar en los bolsillos más absurdos de mi equipaje hasta que el hombre morrudo me habló en tono imperioso:

- ¿Entonces qué señorita? Sin dinero no la puedo dejar entrar.

Estuve a punto de llorar cuando James, que justo había terminado las formalidades en la otra ventanilla, vino a ayudarme.

-Sir, es mi chica, viajamos juntos- le dijo al guardia

- ¿Y usted tiene dinero?-

-Sí, su colega lo ha controlado hace 5 minutos, puedo mostrarle otra vez mi tarjeta de crédito!-

El oficial lanzó una mirada interrogante hacia su colega. Mi corazón latió y tenía la sensación de que mis pensamientos estaban escritos en mi frente. La tarjeta de James no servía para nada. Estaba nueva y todavía estabamos esperando el codigo de su banco. Otra vez me miró el oficial verficador. Finalmente, después de que asintió el otro, me dió la estampilla.

Aun así no podía respirar.

Traté de ordenar las imágenes que volaban ferozmente en mi cabeza, de encontrar el lugar donde había visto mis tarjetas por la última vez. La única esperanza que me quedaba era que todavía estuvieran en el albergue. Steve, que había observado todo el escenario, me ofreció compasivamente:

-Si quieres, te acampaño para regresar a Tansanía y preguntar en el Hotel.

Agradecida acepté su oferta, pero cuando llegamos y le preguntamos a la tabernera cansada esta negó con un señal de hombros y una mirada compasiva.

– ¿Por qué son tan importantes estas cosas de plástico?- quería saber.

Contrariada y callada regresé al lado de Steve, ignorando los nuevos intentos de los chicos trabajadores, cuya amistad habíamos hecho en la última travesía.

Steve aseguró a un joven : -No, el Rolex no es la razón por la cúal volvimos- y me miró con complicidad. Pero yo estaba en otro lugar con mis pensamientos.

Con la cabeza baja di la mala noticia a James. Por mi tonto descuido me hubiera gustado tener una respuesta positiva a su mirada interrogante.

Un día en la frontera

Esperar. No pudimos hacer nada más que esperar. No había ni internet ni teléfono cerca para cancelar las tarjetas y tampoco parecía como si el bus estuviera listo para partir dentro de las próximas horas.

Inquieta andaba de aquí para allá, enfrente del puesto de control. Me estallaba la cabeza por la situación: sin dinero y con el miedo de que alguno de los habitantes de la aldea pudiera estar yendo ahora de una tienda a otra en la ciudad más cercana.

Enervada miraba alternativamente hacia el equipaje, solo para ver que no había cambiado nada. Justo los oficiales se habían puesto cómodos a la sombra de un árbol para almorzar.

De repente, cuando pasé por décima vez frente de James, Steve y Jeff, este último se levantó y me puso la mano en el hombro.

-Relájate, siéntate con nosotros. ¿Tienes ganas de jugar un partido de ajedrez ?

Antes de que pudiera responder, sacó el juego minitatura con figuras magnéticas y me miró por debajo de su melena rubia de modo desafiante.

-Bueno, como ya no queda nada mejor por hacer…- le respondí resignada y me senté en su mochila llena de banderas diferentes que me había ofrecido como silla.

Jeff, que obviamente se sentía muy bien en su rol de trotamundos, tendía hacia el monólogo y contó innumerables historias de aventuras.

Con ojos abiertos de asombro lo escuché y me sentí como una tonta inexperta que se había topado, sin preparación, con el mundo. Sentí un poco de vergüenza por haber perdido la cabeza. Su confianza inconmovible que siempre hallaba una solución para todo se transmitió un poco más con cada una de sus historías.

Caballo C6. Travesías en las yungas bolivianas, buses sobrecargados en el altiplano ecuatoriano. Alfil E5, asaltos armados en Costa Rica. Todo había salido bien para él y este día tampoco se preocupaba mucho por el retraso que ya había ascendido a un día entero. –Jaque mate- dijó. Mi concentración en el juego se había perdido completamente cuando estaba esuchando los cuentos intrigantes.

Un poco de envidia se mezcló con mi admiración por el canadiense despreocupado que gesticulaba con sus brazos flacos como si quisiera abrazar su memoria. Sus ojos brillaban ausentes cuando se sumergió profundo en una de sus historias. Su repertorio de experiencias parecía inagotable.

Yo también me quería sentir así, experimentar como él. Serena y tranquila como si nada pudiera conmover mis fundamentos.

Steve destruyó de repente la fascinación : -¡Tengo hambre!

Los otros dos consintieron: -Si, ya pasó la hora de comer.

Pasta con salsa rápida podíamos ofrecer James y yo mientras que Steve y Jeff conseguiron algo de carne de cabra de textura curtida para enriquecer nuestra comida.

Con las piernas cruzadas nos sentamos alrededor de la estufa de gas, esperando que la llama pequeña cocinara los fideos. Se nos hizo agua la boca. No había entrado nada a nuestro estómago por más de un día. Apenas la comida estaba lista, nos pusimos a devorar las pastas sin gusto y la carne dura como si fuera una comida gourmet. No dejamos la mas pequeña mancha de salsa.

-Ja man, How are you people doing?- se juntó Salomón de nuevo con nosotros -justo mandé un chico a buscar un tornillo para reparar el bus.

-¿como reparar? ¿Se rompió algo más?

-Sí, pero no te preocupes, ahora soy yo el responsable de arreglar todo. En dos horas seguimos- trató de alegrarme Salomón.

-Mientras tanto les voy a mostrar unas fotos de mis plantitas.

Salomón buscó un montón de fotografías ya descoloridas de su bolso de marinero y no se preocupó mucho de su cargo como mecánico. Al menos su companía nos cortó un poco el tiempo de espera. Orgulloso nos mostró los retratos de su ganja más hermosa.

-He causeth the grass for the cattle and the herb for the men- citó con una sonrisa.

Justo en ese momento llegaron dos Rastafaris más y uno de ellos contestó:

-Yeah brother, salmo 104: 14-

Hubo un reencuentro encantado entre los compañeros.

El mayor tenía rastas canosas que le llegaban hasta las caderas y contó entusiasmado su historia de la travesía de frontera. La adrenalina del peligro pasado lo estimuló.

-Buscaron en todos lados, jaja, desnudo como Adán en la Biblia estaba enfrente de ellos… de hecho mi nombre es Adán- nos informó a nosotros..

-Y Adán es listo.

Orgulloso de su astucia nos confió su secreto mostrando su bufanda que tenia un bolsillo secreto artísticamente cosido.

-My friends, no hago contrabando,no lo haría nunca, pero el hombre necesita siempre unas flores para sobrevivir. ¿no están de acuerdo?-

El otro, que tenía su cabello adentro de una gorra enorme en forma de un balón, asentó con su cabeza y se alegró con Adán. El viejo incorporó una pausa larga para dar importancía a su historia y para compartir un momento acordando con su cumpañero. Este sonrió caluroso con su dentadura incompleta y afirmó que no eran criminales de ningún modo.

Poco después se despedieron los dos, pero no sin darse vuelta otra vez saludándonos algremente -Jah bless you!

En este momento el sol bajó al horizonte, avisando el fín del día. Salomón decidió dedicarse nuevamente a la reparación del bus, mientras nosotros fuimos con más gente a una taberna cercana para ver el partido de Francia contra Portugal. Pero yo ya no tenía mucha emoción para el futból. El ambiente del bar construido provisoriamente no me gustaba. Los hombres estaban borrachos y los mujeres con maquillaje excesivo se rieron un demasiado de los chistes aburridos de los señores.

Aliviada, recibí la noticia del fin de los trabajos de reparación y, sin esperar a mis amigos, me apuré para llegar al bus, contenta de continuar el viaje dentro de poco.

Continuación del viaje

La alegría sobre la continuación del recorrido se me pasó rápido en cuanto subí al bus. Obviamente, no había más restricciones en Malawí sobre el peso adicional que se permite llevar. Durante nuestro ausencia, el bus se había transformado en un transporte de carga.

Encantado, el conductor se refregó las manos por el negocio extra, mientras nosotros tratamos de llegar a nuestros asientos escalando sobre redes de pezca y bolsas de frijoles. Apenas había espacio para nuestras mochilas que fueron depositadas, poco antes de la salida, en el corredor. Éstas eran los últimos obstáculos en el camino hacia afuera sobre los cuales cada uno tenía que ascender saliendo o entrando al bus.

Tratando de encontrar espacio para sentarme, recordé, con una sonrisa amarga, las promesas del vendedor de tickets.

Copié de los Africanos la costumbre de aceptar la situación callada, así que un corto intercambio de miradas con James bastó para comentar la situación.

Indiferente, cerré los ojos. Durmiendo agitada y con sueños confusos, me encontré rodeada de guerreros con lanzas, perseguida, cazada. Con el traqueteo de una carretera mala me desperté poco después. Me asusté, mi corazón casi paró de latir.

Siluetas negras, escalofriantes con ojos blancos y asustados. ¿Qué era realidad? ¿Qué era sueño ?

Descubrí el contorno de James que me abrazó para calmarme. Mientras estuve dormida, el conductor había cargado una docena de pasajeros más que ahora buscaron un lugar en los respaldos y apoyos de brazo.

Los parpádos de un joven al lado de James se cerraban una y otra vez de sueño, pero cuando su cabeza se asentaba, el se asustaba y miraba lleno de miedo a su alrededor como si no entendiera donde se encontraba.

Los nuevos pasajeros no hablaban ni la lengua nacional ni inglés, así que fue poco lo que se pudo saber de ellos.

Eran refugiados de Somalía que trataban ilegalmente de hacer su su camino hacia Durban Sudáfrica..

Pero sus rostros, sus cuerpos débiles contaron el resto. Sentí un nudo en mi garganta pensando en lo que habrían vivido.

Letárgicos, con ojos vacíos, fijos en la oscuridad, los Somalíes no podían encontrar descanso.

Sentí una tranquilidad incómoda y una mezcla rara entre desconfianza y curiosidad de los regionales hacía los refugiados.

Los Animos estaban tensos.

De repente, oímos un silbido estridente y el conductor frenó de golpe.

Uniformados con fusiles en los hombros, bloquearon la carretera y poco después se abrieron paso a través de la estrechez del bus sobre nuestras mochilas, preguntando por nuestros documentos y pasaportes.

Se intercambiaron miradas inquietas. Temíamos convertirnos en testigos de una escena fea y asisistir al arresto de los “ilegales”.

Pero los inspectores los ignoraron sin pronunciar una palabra sobre el asunto.

Después de su desaparición, se difundieron sospechas sobre corrupción.

-También es probable- explicó Steve -que los inspectores los dejaron pasar porque sabían sobre el destino de los Somalíes y no querían ocuparse de las formalidades de un aresto.

-Bienvenido a Africá- añadió con un matiz de sarcasmo.

Ya no pudímos descansar esa noche. Poco después de este acontecimiento el bus paró enfrente de un monte epinado. Puteando trató el conductor en primera marcha de hacer subir el bus, pero no pasó nada más que un aullido del motor y un esacape humeando. Despues de una metralla de maldiciones, el conductor, viendo la deseperanza, se dió vuelta y nos avisó con voz severa y furiosa. -¿Qué estan esperando? Con lo gordos que son ustedes holgazanes, nunca vamos a subir. ¡Bajen del bus ya! ¡Apúrense!

Horrorizada miré a James antes de que bajemos como el resto de los pasajeros.

La savana africana dibujó sombras siniestras bajo la luz plateada de la luna. Tensa escuché el ambiente lleno de sonidos nocturnos, tratando de seguir el paso de los africanos pertinaces.

Cada crac de una rama, que se diferenció del unifome chirriar de los grillos y los gritos escalofriantes de las lechuzas, aceleró el latido de mi corazón. Instintivamente agarré la mano de James. De vez en cuando ví unos reflejos brillantes flamear en los arbustos. –No, ahora te estas volviendo loca, eso es pura imaginación- me dije a mi misma, tratando de convencerme de que sólo era una picardía de mis ojos. Aún así me apresuré para buscar seguridad en el medio del grupo callado y fantasmagórico

Por fin vi la cima del monte oscuro y los contornos del bus que nos estaba esperando ahí.

Respiré aliviada.

Una vez en el bus, ni el comentario de Jeff sobre escarpadas carreteras y frenos malos me pudo turbar. No me quería imaginar que la travesía todavía se podría empeorar.

Realmente surgió la esperanza cuando el conductor nos dijó al mediodia del dia siguente que solo faltaban unas dos horas más para Lilongwe.

El ánimo de la gente subió y empezaron a contarse sus razones para viajar y sus planes.

James y yo también nos dejamos contagiar de la distensión y empezamos a hablar sobre el paisaje, emocionados de lo que ya habíamos visto.

¡De pronto ! Una explosión fuerte.Gritos Aterrorizados. El bus se balanceaba descontolado aumentando la velocidad por la bajada.

Pensé que mí corazón se iba a parar, son segundos en los que se me pasaron de manera « slap-stick » imágenes en mi mente. Claramente pude ver las caras de mis padres, de mis mejores amigos, en la Alemania segura, -ingenuos, ignorantes de lo que estaba pasando mientras que yo ya veia venir mi fín en medio de la savana africana.

Parecieron haber pasado eternidades cuando el bus finalmente paró en posición inclinada en una pendiente. Paralizada me quedé en mi asiento, shockeada, sin un pensamiento claro.

Traté de recapitular lo que acababa de pasar. Traté de poner mi mente en el tiempo y el suceso.

Logré librarme del vacío que se había creado en mi cabeza.

Percibí mi entorno de nuevo, el sol agudo, el olor a sudor, el enredo de voces de la gente que ahora estaba tratando de hacer su camino para salir del bus.

La seguimos y uno tras otro examinamos el daño. El neumático del frente derecho literalmente había explodido. No quedaba nada más que unos jirones humeando. Nadie sabía que había sucedido.

Por prímera vez me dí cuenta de que el bus había estado andando todo el tiempo con sólo seis ruedas en lugar de las ocho reglamentarios, así que ahora quedaron solo cinco.

Consternada observé los hombres trabajando. Sin preocuparse desmontaron una rueda del medio donde se nesecitaba menos para reemplezar la indespensable delantero.

Busqué una posibilidad diferente de seguir nuestro viaje pero la comprensión de que en esta carretera desierta quizás tardaría unos días hasta que el próximo coche pasara, sofocó tal consideración desde el comienzo.

Desamparada me junté con nuestros compañeros que otra vez estaban esperando pacientemente sin decir una palabra. Pregunté al mecánico cuanto iba a durar hasta que pudiéramos seguir nuestro camino y no me quedó nada sino sonreír resignada cuando me respondió

-No hurry Ma’am slow is good, slow is good, – slow is Africa.

~ von Annemarie am August 17, 2008.

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