Las minas de Potosí, Europa no queda más cerca que el marso (Bolivia)

El escenario es el sur de Bolivia, más presicisamente la vieja ciudad minera Potosí. Según la leyenda, aquí un pastor descubrió en 1544, buscando una de sus llamas escapadas, piedras brillantes que iban a cambiar el destino de la región. El capitán Español Juan de Villaroel y sus hombres ocuparon poco después el territorio y velozmente se hizo conocer la existencia del legendario yacimiento de plata del Cerro Rico.

Venas inmensas se enredeaban dentro y los emigrantes que se habían escapado de una Europa decandente tuvieron la esperanza de encontrar suerte y riqueza. De todas direciones peregrinaron los que querían sacar su parte, los que ya veían el sueño de una vida mejor volviéndose realidad.

Como se siente un viajero hoy cuando entra en la ciudad que fue una vez tan ostentosa, tan llena de esplendor?

Crees que queda algo después de que se acabó la plata?

Hace mucho que los Europeos se fueron y las enfermedades y las peleas atormentaron a los que se quedaron.

Cuando llegas por la manaña, después de un viaje agotador sobre caminos rotos te surgen dudas. Que estas buscando acá ? El Cerro Rico reposa como una herida abierta, detrás de las casas. Atravesado de túneles, arrasado ,gastado, forma un bastidor doloroso: Tiene el rol de la reseña que advierte sobre el contenido, sobre las inumerables historias trágicas que cuenta la ciudad y el cerro.

Una vez en el casco histórico, cuando ingresas en uno de los lindos edificios coloniales olvidas tus dudas iniciales. En su Corazón descubres el encanto de la ciudad y te dejas arrastrar por tu fantasía. Como si fueran memorias, surgen imágenes de tiempos pasados en tu mente mientras caminas por los adoquinados callejones. La ropa gastda de los transeuntes se transforma en trajes magníficos, los coches se convierten en carruajes tranqueantes y te parece que puedes oir al cochero chasqueando para animar los caballos, diriegiéndolos sobre los adoquines. Sonriendo saludas a los habitantes de siglos lejanos. Te sientes como si fueras en una misión secreta, un embajador del futuro.

Pero con la puesta del sol se termina tu viaje al pasado y te liberas del remolino de tus fantasías.

En el hotel decides que quieres conocer el Potosí del presente, de la vida real. El Potosí de los mineros que siguen sin cansarse revolviendo el cerro en busca de los minerales restantes. Entonces te apuntas para una de las excursiones guiadas al interior de la tierra.

Una angustia agobiante toma posesión de ti cuando entras en un pozo estrecho que penetra al monte a una altura de 4000 metros. El respirar se vuelve todavía más dificil, con jadeos rápidos tratas de extraer la mayor cantidad posible de oxigeno del aire ácido. Costantemente luchas contra un pánico que no cesa, que amenza con agarrar todo tu cuerpo, que se extiende en tu estómago y que ata tu garganta mientras andas a tientas más y más hacia el vientre del monte. Solo puedes ver tanto como te permite el flameante foco de luz que alquilaste exclusivamente para esta excursión. En su luz se muestran las venas metalíferas. El guía niega con una seña “No, aquí ya no se puede sacar nada”

De repente, para enfrente de un hoyo en el medio del camino «cuidado no resbalen»

advierte antes de sentarse en el borde y se deja deslizar lentamente a dentro. Lo sigues al hoyo por escalones cenagosos , formados por pisadas. El perímetro parece medido justo para tu cuerpo. Tus uñas penetran la tierra humeda para usar cada posibilidad de encontrar apoyo en la pared escurridiza. Tu corazón hace un salto cada vez que buscas en tus botas de goma demasiado grandes para el proximo escalón, sosteniéndote poco a poco una planta más abajo.

De ahí solo se puede avanzar agachado y cuerpo a tierra. Se vuelve más y más dificil seguir las explicaciónes del guía. El monte fuerza un vacío en tu mente Tus moviemientos solo son una imitación necia de los del guía, un mecanismo de supervivencia, nada más.

Tu atención no vuelve hasta que encuentras un grupo de mineros.

Imagínate carriles torcidos, parcialmente quebrados sobre los cuales los hombres tratan de mover un pequeño vagón de una media tonelada. Las ruedas chirrían y rechinan pero no son más que 10 cm que avanza el monstruo ferreo, ni hay espacio para que todos los trabajadores puedan ayudar efectivamente.

En una pequeña convexidad trato de apartarme para no obstaculizar el trabajo de los mineros. Me resulta dificil apartar la mirada de la escena que se me presenta en ese lugar erarecido Consternado tengo los ojos fijos en los hombres que se esfuerzan en vano

De repente uno de ellos alza la vista y siento como si me mirara directamente al alma. Bajo la mirada y me siento atrapada como un voyeur sensacionalista.

Ahora el resto de los mineros se da vuelta para saludarnos y les damos los regalos que habíamos comprado antes en el mercado: aguardiente, hojas de coca y dinamita. Los hombres se mustran habladores y el que me atrapó en mi consternación se acerca.

« Soy Ernesto » se presenta « Cómo te llamas ? ». En el foco de mi lámpara veo su cara y me doy cuenta de que es un pequeño, un niño enfrente de mí, pero sus ojos brillan en su rosto cubierto de polvo.

“Tienes una camara?” quiere saber.

Como te sentirías si le mostrases tu cámera que antes habías sacado de paseo con un cierto orgullo? Quieres responder la pregunta acerca del precio?

Aborchonada le escucho contándome que el precio de la camera equivale a 10 sueldos de su padre. Habla emocionado, de una manera ingenua como si no le importara, como si yo fuera de un planeta lejano y como si la desigualdad, la injusticia del mundo fueran algo normal.

Su curiosidad es insaciable.

“Toda la gente en Alemania habla español?” Sigue preguntando y sus ojos se abren de asombro escuchando mis descripciones sobre ciudades medievales, bosques inmensos, aviones y sobre el sinfin de agua que separa nuestros dos continentes.

« La gente en Europa debe ser muy feliz » opina, y añade con una voz ogullosa, “mis amigos no me van a creer que tuve una camera de éstas en mis manos”

Se despidió con una sonrisa para volver al trabajo porque después de todo le pagan por rendimiento y no por horas.

Cuando me marcho al día siguiente, llevo el dolor de la ciudad conmigo. Siento un nudo en mi garganta cuando veo los mendigos mutilados a través de la ventana del bus. Después de que el cerro les robo todo, brazos, piernas, vista, no les queda nada sino la lástima de los viajeros. Repartí todo mi dinero pero no me hizó más feliz, el importe me pareció ridiculo. Tengo la sensación de que tendría que pagar la absolución de mi culpa. La culpa de pertenecer al pueblo explotador, justificarme por haber nacido en el lado luminoso del mundo.

Las puertas del bus se cierran. Una madre joven ha tomado asiento al lado mio

Tranqueteando arranca el bus y veo el Cerro Rico desvaneciendose ante mi vista. Mis pensamientos estan con Ernesto, sus ojos brillantes, su inocencia.

~ von Annemarie am Juni 9, 2008.

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